Esta es una de esas historias que te pueden emocionar aunque no pretenden sorprenderte. Mi misión es contarte lo que ocurrió, pero como no quiero abusar de largas líneas narrativas, lee a continuación y casi a modo de conversación lo que pasó aquella noche (me he permitido narrarlo y usar las voces de de Lola y Chema)...
- ¡Lola, espera!
Mientras corría tras su novia apretaba el bolsillo más pequeño de su pantalón vaquero, como si temiera que se le escapara aquello que tanto le había costado.
- ¡Tú no me quieres! – gritaba ella.
Su pelo despeinado mostraba el estado de ánimo que tenía desde hacía un tiempo. Y las ojeras. Esos ojos saltones, las bolsas oscuras y marrones bajo sus ojos... ¿qué se había hecho? ¿dónde estaba la belleza física que un día le enamoró?
- ¡Claro que te quiero, joder! –gritó Chema- ¡Para!
Siempre fue más rápido que ella así que consiguió deternerla agarrándola de un brazo. Lola paró en seco, pero no porque fuera la opción elegida... le había hecho daño en el brazo.
- Estás llorando. –Dijo él.
- ¿Y qué coño quieres que haga? –mientras gritaba hacía aspavientos absurdos con los brazos y escupía rabia contenida- ¡Me has hecho daño, me estás matando negándome una puta cosa que te he pedido, la única puta cosa que te he pedido en esta puta vida de mierda que me ha tocado vivir!.
- Me duele que hables así. –Chema no podía evitar sentir una punzada en su estómago con cada palabra de odio de Lola.- No vayas allí Lola, quédate conmigo.
Lola se derrumbó y cayó al suelo de rodillas. El pelo sucio ocultó su rostro esquelético, las marcas de tanto dolor y sufrimiento.
- No lo entiendes ¿verdad? .- Lloró ella.- Un día entré en esta vorágine y tú no lo viste. Y ahora quieres ser mi ángel de la guarda pero sólo me inflinges dolor.
- No... No digas eso, por favor. Yo daría mi vida por ti.
- ¡No necesito tu vida, Chema! Necesito tu apoyo, algo de dinero, un poco de paz.... –su voz comenzó a tornarse un ruego, un susurro en plena noche.
- Lola, cariño. Escúchame. No vayas allí, quédate conmigo. Yo te daré lo que necesitas.
Abrió los ojos anegados en lágrimas y levantó la cabeza para mirarle. ¡Qué guapo era! Y tan dulce... así había sido siempre. Pero ciego. Había sido tremendamente ciego. ¿Cuántos ciegos veían más que él? Seguramente más de los que hubiera querido contar.
- Si sigues andando –dijo Chema- volverás al infierno. Yo te ofrezco el cielo y la paz que tanto pides.
¿Se ha vuelto loco?- pensó ella.
- La paz que yo pido cuesta dinero. –Confesó Lola con la respiración agitada.
- Y tú te la proporcionas vendiendo tu cuerpo. –concluyó él.- Eso es el infierno Lola. Yo te hablo de la paz verdadera, la que no se obtiene prostituyéndose, sino descansando feliz al lado de un ser amado. Poder tumbarte en una noche como ésta, mirar a tu lado y ver a tu pareja, feliz, observándote con amor...
- Joder Chema, cállate ya. –rogó ella echándose a llorar de nuevo al tiempo que se levantaba.
- ¡No vayas!
- Lo necesito joder, lo necesito!
- ¿¿¿QUIERES ESCUCHARME???
Nunca, en cuatro de años de relación, Chema había levantado tanto la voz. Lola se asustó. Su cuerpo delgado no se movió un milímetro, seguía doliéndole cada músculo y no había poro de su piel que no rogara un movimiento rápido hacia las casetas donde terminaba el descampado y empezaba la oportunidad de acabar con el dolor. Aun así le resultaba inevitable temblar.
Chema la hizo sentarse junto a él en la tierra. Cada indicación era más dulce que la anterior, como si temiera romper la magia del momento. Asió la bolsita de la que Lola se hacía acompañar cuando iba al descampado y la dejó sobre sus piernas. Ella le miraba con temor y al mismo tiempo con curiosidad.
- ¿Qué vas a hacer?
Chema no contestó. Metió su mano en el bolsillo del vaquero y sacó una papelina. Los ojos de Lola comenzaron a brillar. Tragó saliva, su cuerpo reaccionó con una subida de adrenalina que le disparó el sistema nervioso, y la ansiedad comenzó a convertirse en una histérica y la vez dulce espera.
- Sí me quieres. –Admitió ella al fin.
De nuevo Chema guardó silencio. Le había visto muchas veces prepararse una dosis, y no podía evitar pensar que en cada una de esas ocasiones había dicho que sería la última vez porque a la próxima la abandonaba a su suerte, cosa que jamás había podido hacer y que lamentaba día tras día, especialmente cuando hacía el amor a un cuerpo extremadamente delgado y miraba a unos ojos apenas sin pupilas.
Lo hizo todo él. Se ocupó de verter la heroína en la cuchara, soltar un chorrito pequeño de agua sobre la cuchara, quemar el contenido desde la parte inferior de ésta, deshacer y mezclar ambas sustancias, y sorberlas con la jeringuilla más de una vez usada por Lola.
Cuando terminó le pasó la jeringuilla y la observó.
No me mira con amor, me mira con desesperación.
- Gracias cariño, será la última vez, lo prometo.
No te creo Lola.
- Luego tomaré metadona y empezaremos una nueva vida.
Siempre dices lo mismo.
- Nos casaremos y tendremos....
Ya no puede hablar, como siempre. Ahora se abandonará a un paraíso artificial.
- .... tendremos hijos.
No más prostitución.
- Serán muy guapos. –Lola sonreía ahora. La heroína viajaba rápidamente por su sangre y su cuerpo comenzaba a relajarse.
No más robos.
- De hecho hasta consentiría que fueran a colegios de pago como tu querías. – Sonrió, pero qué falsa le parecía esa sonrisa a Chema.
No más humillaciones.
- ¡Dios, qué paz!.- No se llegó a quitar la jeringuilla de su brazo. Allí estaba, fantasmagórica ante los ojos de Chema, indicándole que no existía para Lola amor más grande que el de la droga.
No más dolor.
Lola gimió. No llegó a ser un susurro, se abandonó al placer, a la paz, al sueño. Después dejó de respirar. Pero no te preocupes lector, ella no se dio cuenta. Su paso de la vida a la muerte fue cuestión de segundos, tiempo durante el cual sólo sintió el amor de Chema y el deseo de vivir una vida diferente. Murió feliz.
Ahora estás libre cariño. Y ahora me reuniré contigo.
Chema le quitó la jeringuilla y se sirvió su propia dosis.
¿De verdad creías que no te quería Lola? Sin ti no puedo vivir. Ahora nos vemos amor.
La besó en los labios, pero si bien aún estaba caliente su cuerpo, ya se notaba la muerte en aquel leve y último roce.
Chema murió con la mano izquierda agarrada fuertemente a la de su amada, y su último pensamiento se lo llevó una frase... “no hay amor más grande que el que siento yo por ti”. ¿Que cómo sé yo todo esto? ... permítame una sonrisa... yo estaba allí, pero ellos no podían verme. Todo ser humano tiene un compañero invisible a los ojos... ¿No notas el tuyo a tu lado?... a veces podéis presentirnos.
iLya