Darío se levantó de la mesa del despacho al tiempo que estiraba los brazos y se desperezaba. Ya era muy tarde. La gente se había marchado por lo menos hacía una hora y media y allí estaba él, terminando de ajustar cuentas. Tomó su gabardina del perchero y abandonó el edificio.
Entró exhausto en su piso de soltero y soltó la gabardina sobre el sofá. Acto seguido entró en la cocina, abrió la nevera y se agachó para ver cuántas posibilidades había para disfrutar aquella noche de una buena cena. Ninguna. Optó por llamar a la pizzería.
Cuando llegó la pizza se abrió una cerveza fresca y al terminar entró en el cuarto de baño para lavarse los dientes, pero un pequeño detalle hizo que sus ojos se fijaran en su mejilla izquierda. Al principio pensó que era un trozo de bacon, algo que se le había pegado, y tiró de él.
- ¡Ay!
Gritó. El trozo de carne no era de la pizza. Era suyo. No supo cómo reaccionar. Se puso nervioso. ¿Tiraba más de él y lo desprendía de la piel? ¿Lo sujetaba con una tirita? ¿Se iba directo a urgencias?. El cansancio le hizo optar por la tirita. Podía ir al médico al día siguiente. Aun así no se acostó relajado y las pesadillas que le acosaron por la noche le afectaron de tal modo que parecía haber perdido dos o tres kilos a base de sudor frío.
Al levantarse lo primero que hizo fue mirarse la herida, y al ver que seguía en las mismas circunstancias se puso una nueva y se metió en la ducha. Al desnudarse descubrió que aquel trocito de carne no era el único que se había desprendido de su cuerpo. En su barriga colgaba una tira de piel y carne de al menos medio centímetro de grosor.
Sintió un mareo e incluso tuvo una arcada. Esos dos trozos de carne despellejada le pusieron enfermo. ¿Un tumor? ¿Una enfermedad congénita? ¿Lepra?. Se vistió rápidamente olvidando la ducha y se metió en el ascensor.
No pudo evitar mirarse en el espejo del ascensor durante el solitario trayecto hasta la calle, pero quiso el azar que el cubículo quedara encajado entre el segundo y primer piso. ¿Encerrado? ¿Ahora que necesitaba salir disparado hacia urgencias?
Comenzó a golpear las paredes e intentar abrir la puerta del ascensor pero los edificios modernos no disponían de ascensores de dos puertas sino de una única que se incrustaba hasta la pared, a tal punto que no era posible meter ni medio centímetro de dedo para tirar de ella.
Miró a todas partes, arriba, en busca de alguna puerta oculta por donde salir… abajo, sin éxito, atrás… pero allí sólo estaba el espejo.
Y el espejo le mostró que su pesadilla no había hecho más que comenzar. Una larga tira de piel carnosa se desprendía de su cuello. El ataque de ansiedad le llegó de golpe. Se hiperventiló y golpeó inútilmente los botones del mando del ascensor, pero cuanto más daba más lo estropeaba. Finalmente se dejó caer al suelo y gritó.
- ¡Socorroooooooooooooooo!
El ataque de nervios fue a más y tiró de su ropa rompiendo la camisa, los pantalones… Cuanto más se desnudaba más trozos de carne desprendida veía. Se estaba convirtiendo en un monstruo a pasos agigantados y no tenía posibilidad de acudir al médico para descubrir qué le estaba pasando.
Se puso en pie y se miró al espejo. Todo él era carne despellejada, una enorme masa informe en carne viva, tiras de piel gruesas que caían como asquerosos colgajos… Se lanzó contra el espejo.
…
Dos horas después el técnico, llamado por el portero, arregló el ascensor. La sorpresa que se llevaron al encontrar dentro a un hombre desnudo sangrando a causa de los trozos de espejo que se incrustaron en su rostro y cuerpo fue mayúscula. Se hizo una autopsia para descubrir si se había tratado de un asesinato pero lo único que encontraron fue un envenenamiento a causa de ácido lisérgico que debía haber tomado la noche anterior durante la cena y que le había provocado probablemente alucinaciones. La cantidad de LSD que había tomado era demasiado grande para soportarlo. Sólo el pizzero sabía que aquella pizza estaba confeccionada para un grupo de amigos que se quedaron muy despagados al percatarse de que su pizza no contenía la droga deseada. El pizzero se había equivocado de pizza y Darío había tomado ácido lisérgico para diez personas.
Cuando lo enterraron no había más herida en él que un par de cicatrices provocadas por el espejo, una en la frente que se le incrustó en el cerebro, y otra en el pecho que también fue maquillada.
iLya
